-¡Vamos, encuéntrala!
El perro se paseaba por todos lados, pasando su nariz por todos los rincones posibles: sobre las alfombras, debajo del escritorio, detrás de la lavadora, entre las macetas, pero nada. Correteaba por toda la casa ansiosamente como un niño pequeño que busca a su mamá, desesperado se metía una y otra vez en el mismo cuarto buscando entre la ropa sucia y las sábanas enrolladas sin éxito alguno. Hasta me había puesto esa mirada clemente que suele hacer y le queda tan bien cuando quiere que le dé de mi comida para que le abriera las puertas de los armarios. Nada. Olfateaba y olfateaba sin cansarse. Atrás de las cortinas y dentro de los botes de basura llenos de envolturas de dulces. Su frustración iba en aumento, soltó un sollozo agudo y profundo para decirme que se rendía, al menos así lo interpreté. Con la cabeza baja, que parecía de algodón, se dirigió cansado hacia donde estaban sus platos para tomar un poco de agua. Creí que se tiraría en el piso completamente resignado a esperar a que Andy saliera por su cuenta, pero continuó, aunque con menos ganas con las que había empezado. Ya habían pasado veinte minutos de la búsqueda, y ni siquiera yo sabía dónde estaba.
-¡¿Andy?! –grité desde el pasillo. El eco de mi voz fue solamente recibido por los muros y respondido por el silencio.
Esta vez era yo quien retomaba la búsqueda. Pasaba por los mismos rincones por donde había pasado el perro mientras decía: “¡Andy, sal! El juego ya se acabó”. Silencio. Intrigante silencio. No sabía si estaba más molesta que preocupada, pero sentía el temor alojado en mi garganta impidiéndome llamarla con claridad. “Deja de hacerte la payasa que no es divertido”. Abrí de nuevo los armarios para buscarla entre la ropa colgada, mas sólo encontré el olor a suavizante. Debajo de las camas camuflada por los zapatos y los montones de cajas llenas de recuerdos olvidados. Busqué en la montaña de ropa sin doblar, detrás del refrigerador, y hasta en la parte de arriba del librero, pero su ausencia era la única presente. Al igual que el perro decidí abandonar la misión y dejar que Andy saliera cuando le diera la gana. En eso, recordé el lavabo para lavar la ropa y que nunca se usó pero había muchas cubetas debajo de él y probablemente ella estaría ahí riéndose dentro de su álamo improvisado. Cuando llegué las cubetas estaban todas dispersas y no había nadie riéndose, entonces sentí algo. Algo fuera de lugar. Miré hacia el boiler que estaba a lado, no tenía nada en particular, pero algo no cuadraba. Eso mismo hizo que por alguna razón mi vista se fuera hacia arriba. La malla de alambre que habíamos puesto en ese hueco de pared para que no entraran las palomas estaba casi completamente desprendida como una débil hoja de otoño. Un viento frío e intruso irrumpía para decirme lo que yo ya sabía…
Andy se había ido.
29 mayo 2009
11 abril 2009
Desde el suelo te pregunto
¿Cómo se supone que debería sentirme si no dormí mas que 4 míseras horas y eso porque la luz del sol entraba violándome por la ventana de mi cuarto?
Mis horarios de sueño están completamente desajustados, como un Drácula atrofiado que sólo quiere dormir en el día y andar jodiendo o que me jodan en la noche. Sintiéndome mierda pisoteada por zapato Prada porque no puedo hacer mi ensayo del Ícaro lamentado que por querer tocar el sol se le quemaron las alas y valió madres. Tal vez así me siento yo, cada vez que quiero llegar lo más lejos, cuando estoy dispuesta a arriesgarme y darlo todo, la cera que sostiene mi esquelético artefacto es derretida por encendedores Bic. Así de patético es. Pero para mí nadie es patético, sólo los que me caen mal. Creo que soy demasiado buena amiga y siempre espero que los demás sean así, dando consejos desde el suelo guacareado por sueños perdidos, personas lejanas, lágrimas secretas y sopas instantáneas.
No me importa quedarme toda la noche despierta para consolar a Joe (o a quien sea) hasta saber que el día siguiente lo sentirá mejor que toda su apestosa semana pasada. Porque la depresión ya no encuentra espacio en el cuerpo, creyendo que toda su vida estará privada de oportunidades, que sólo se siente como un ave mensajera y la estabilidad que tanto anhela sólo la encontrará mencionada como algo inalcanzable en canciones de Bright Eyes y cuentos de hadas.
¿Y cómo se supone que te debes sentir cuando después de echarte todo este lío mental el otro sólo te mira, niega con la cabeza y te dice: “Estás bien pinche loca”?
Mis horarios de sueño están completamente desajustados, como un Drácula atrofiado que sólo quiere dormir en el día y andar jodiendo o que me jodan en la noche. Sintiéndome mierda pisoteada por zapato Prada porque no puedo hacer mi ensayo del Ícaro lamentado que por querer tocar el sol se le quemaron las alas y valió madres. Tal vez así me siento yo, cada vez que quiero llegar lo más lejos, cuando estoy dispuesta a arriesgarme y darlo todo, la cera que sostiene mi esquelético artefacto es derretida por encendedores Bic. Así de patético es. Pero para mí nadie es patético, sólo los que me caen mal. Creo que soy demasiado buena amiga y siempre espero que los demás sean así, dando consejos desde el suelo guacareado por sueños perdidos, personas lejanas, lágrimas secretas y sopas instantáneas.
No me importa quedarme toda la noche despierta para consolar a Joe (o a quien sea) hasta saber que el día siguiente lo sentirá mejor que toda su apestosa semana pasada. Porque la depresión ya no encuentra espacio en el cuerpo, creyendo que toda su vida estará privada de oportunidades, que sólo se siente como un ave mensajera y la estabilidad que tanto anhela sólo la encontrará mencionada como algo inalcanzable en canciones de Bright Eyes y cuentos de hadas.
¿Y cómo se supone que te debes sentir cuando después de echarte todo este lío mental el otro sólo te mira, niega con la cabeza y te dice: “Estás bien pinche loca”?
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